En el mundo digital compartimos, comentamos y mostramos lo que nos pasa casi sin pensarlo. Pero no todo lo que vivimos tiene que ser publicado. Por eso, es importante distinguir entre lo público, lo privado y lo íntimo.

Lo público es aquello que puede ser visto por cualquiera. Una vez que algo se hace público, perdemos gran parte del control sobre su circulación. Como advierte Paula Sibilia, “la intimidad se vuelve espectáculo”, transformando lo personal en algo visible.

Lo privado es lo que compartimos con un grupo reducido. Sin embargo, en lo digital esa frontera es frágil: un mensaje puede reenviarse o una imagen puede viralizarse sin permiso. En palabras de Beatriz Sarlo, “lo privado ha cambiado de escala y de sentido en la cultura contemporánea”.

Lo íntimo es lo más personal: emociones, pensamientos, aspectos profundos de nuestra identidad. No todo necesita ser compartido. Cuidar lo íntimo también es una forma de cuidado personal.

En este contexto aparece una pregunta que atraviesa a los jóvenes y a nosotros los adultos: ¿somos lo que mostramos en las redes?
Las redes nos permiten construir una imagen de nosotros mismos: elegimos qué mostrar, qué ocultar y cómo presentarnos. Esa imagen es real, pero no es completa. Como señala Néstor García Canclini, vivimos en una cultura donde las identidades se construyen y se reconfiguran constantemente.

El desafío hoy no es dejar de usar la tecnología, sino aprender a decidir qué mostramos y qué no. Antes de publicar, está bueno preguntarse:
¿Esto quiero que lo vea cualquiera? ¿Puede afectar a otra persona? ¿Me representará también mañana?

Porque en lo digital, como en la vida, no todo es para todos. Y entender que somos más que lo que mostramos también es una forma de libertad.

Prof. Daniel Mendoza

Compartir esta nota